Flor de bambú (Sayonara, de Koji Fukada)

El florecimiento del bambú es un hecho inusual que sucede cada sesenta años. Según la tradición, quien vea surgir la flor entre los juncos traerá mala suerte a la comunidad. Sayonara nos desafía convertida en el émulo artificial de tan insólito fenómeno.

La película brota como una ensoñación alucinada y volátil, un microuniverso femenino compuesto por paseos en bicicleta y faldas plisadas. Un híbrido esquejado a partir del tronco menos espinoso de The Duke of Burgundy (Peter Strickland, 2014), donde el olor a almizcle queda camuflado tras unos toques iniciales de camomila y manzanilla. Esta extraña impresión de vacío crece incrustada en la auténtica realidad de una zona en proceso de evacuación. Una sensación de fantasía abonada por la sintética presencia de un androide como parte del elenco protagonista.

El film habla de este modo de la desnaturalización del Otro, planteada a través de la concepción legal y moral del ser. Ofrece también en ese sentido una visión compleja e incómoda a tenor del conflicto de los refugiados. Un destello preciso y muy significante.

El intenso pasaje musical desprende efluvios de espíritu anárquico, y expulsa por un instante un fuerte aroma a Burst City (Sogo Ishii, 1982). No en vano el fuego es un elemento fundamental en el film. Bajo esa superficie glaciar la película arde. Se quema por dentro. Llega incluso a retorcerse, de forma literal, al encarar el tercio final. Tintinean entonces los ecos finales de Rubber (Quentin Dupieux, 2010). Se da así paso a la apoteosis del objeto inanimado (entendido como carente de alma que no de movimiento). Las fronteras de lo inerte se desdibujan en un desenlace que apuesta por la catarsis estética como signo de humanidad. La flor del bambú entendida como elemento perturbador del ánimo y del ánima.

Guillermo Álvarez Raposeiras