Críticas de Yamabuki, por Clara Ayuso Uceda y Miguel R. Pinar

El tejer de la vida y sus recovecos interiores

Di tang crece en la sombra, allí donde las personas no miran”, cose la voz de Jin al abrigo de la noche. En las dos palabras iniciales palpita el nombre en japonés de la flor que da título a la película Yamabuki (Juichiro Yamasaki, Japón, Francia, 2022), vertebrando su armazón ya desde el efímero esbozo de su figura, espolvoreado por el trazo de una suerte de tiza blanca sobre una pizarra negra en los créditos que abren el largometraje.

A través del trenzado de las imágenes de Yamabuki, el espectador se va sumergiendo en lo que permanece prendido en los dedos de las sombras, lo que se alimenta de la piel de los rincones y lo que habita en la frontera entre el decir y el callar. Gritos del silencio y heridas invisibles que el paso del tiempo no consigue cicatrizar. Sueños rotos y deseos no revelados. Aquellos gritos atrapados en las pancartas que Yamabuki Hayakawa despliega por las calles, dejando una estela de latentes protestas sobre el reclutamiento militar y la encrucijada inmigratoria de coreanos y vietnamitas en Japón. Una herida rasgada por la pérdida de su madre. El sueño de Yun Chang-su de convertirse en un atleta ecuestre, abandonado para trasladarse a trabajar a una cantera japonesa. Su deseo de crear una familia con la joven Minami y su hija Uzuki en un país extranjero. Dos personajes que conviven en Minawa, un pueblo rural del suroeste de Japón. Dos vidas distantes pero destinadas a enlazarse que navegan por las tranquilas aguas de la cotidianidad, bajo cuyas profundidades se esconden insondables corrientes submarinas.

Es en este contraste entre la envolvente quietud y los inefables conflictos interiores donde reside la esencia de Yamabuki, cristalizando en la puesta en escena de la película a través de la combinación de movimientos de cámara y planos fijos. La cámara se detiene, componiendo estampas en planos generales, planos medios y primeros planos que evocan el tejer de la vida en los encuentros familiares y el quehacer diario laboral. Instantes de vida que parecen capturarse en la textura del granulado que, de la mano del formato en 16 mm, impregna el conjunto del metraje, esculpiéndose en el recuerdo cinematográfico personal.

Pero la cámara también escribe con sus pasos. El trazo lateral y circular de su recorrido moldea la sensación de un palpable abrazo, por cuyos resquicios el espectador se adentra en la escena que se retrata. La cámara se desplaza paulatinamente, en su anhelo por desvelar figuras, rostros, objetos y lugares no intuidos. De esta manera, la barra de un bar muestra a Minami conversando con una amiga, la ladera que bordea una carretera deja vislumbrar un accidente de coche y Chang-su ondea con su cuerpo un vaivén que oculta y descubre el espacio en el que es interrogado. De forma paralela, la cámara camina temblorosa, testigo de la precipitada huida de Chang-su con el dinero. Las imágenes se ralentizan en otra ocasión, mientras reflejan el feliz correr nocturno de Minami y Chang-su. La cámara se transforma así en una ventana por la que el espectador se cuela en el mundo interior de los personajes, hilvanado por las emociones y los pensamientos.

Hilos de vidas que cosen el entramado de una compleja película en la que se ramifican múltiples historias que se acaban entretejiendo y en la que se pasean diferentes personajes que se entrecruzan. La rosa yamabuki no es solo amarilla; sus pétalos se pintan de infinitos colores hasta dibujar un mapa de flores que borda los títulos finales del largometraje.

Clara Ayuso Uceda

El lado oscuro de Japón

El director japonés Juichiro Yamasaki escribe y dirige Yamabuki (Japón, Francia, 2022), película conformada por dos historias que terminaran convergiendo en una mostrando la cara oscura de Japón. Chang-su es un excampeón olímpico surcoreano que tiene que mudarse a Japón para poder sobrevivir como ingeniero en una cantera. Por otro lado, el personaje que da título a la cinta, Yamabuki, es una joven estudiante revolucionaria que lidera protestas casi clandestinas contra las políticas de inmigración y reclutamiento en Japón.

Las dos historias se van alternando con continuas situaciones melodramáticas y problemas vitales. En la historia de Chang-su la carga melodramática es mayor casi asfixiando al personaje. Un accidente le cierra la puerta a su objetivo de lograr un contrato a tiempo completo. Una vez más, como ya le ocurrió en su carrera como jugador de hockey, una lesión le aleja de sus objetivos de ascender económica y socialmente. El personaje de Chang-su queda atrapado en un círculo que le impide avanzar profesionalmente y por lo tanto económicamente, sin poder afrontar una deuda heredada por su padre y haciendo complicado el sostenimiento de su familia. Es aquí donde Yamabuki se revela como una película agridulce que muestra la vida como algo agotador, una carrera interminable donde cada vez que se ve la meta volvemos al punto de partida. Por su lado, Yamabuki no logra superar la muerte de su madre (corresponsal de guerra) y lucha contra el duelo liderando protestas contra el estado, mientras su padre, un policía, trabaja para él. En una historia que va de un lado a otro, el guion brilla y adquiere fuerza cuando se profundiza en el pasado de los personajes, en el motivo de porqué son como son y porqué son quienes son.

Yamabuki muestra cómo un mínimo desvío en la vida de dos personas las unirá, y así ocurre con las dos historias que ocupan la película. Yamasaki teje las historias en paralelo para con un pequeño desvío de la aguja, como si de un accidente se tratase, las dos historias se unan y se trencen juntas. Las formas de pensar de los personajes se unen y chocan. Yamabuki, cansada de luchar, cree que para cambiar el mundo debe tener poder y para eso debe ser una persona rica, algo que abate a un Chang-su quien, en dos ocasiones, ha fracasado en su intento de ascender económicamente viéndolo como algo imposible. El presente y el futuro de Japón chocan, la mirada del joven, de quien ha visto con sus ojos el fondo del pozo, pero aún tiene esperanzas, y la mirada veterana de quien ya ha tocado el fondo de ese pozo y no es capaz de salir de él.

Yamasaki toma la fuerte e intrigante decisión de rodar en 16 mm dotando a la imagen de un intenso granulado como si fuese bruma. La imagen pareciera vista a través de un cristal sucio que no deja ver la realidad tal como es. Esto no es casual en esta película que muestra la dura realidad de la clase trabajadora en Japón más allá de la imagen happy kawai que el país proyecta al resto del planeta. Con planos largos y pausados el director busca aumentar la carga dramática y el sufrimiento de los personajes, pero termina dotando a la cinta de un ritmo que mengua la emoción de la historia y desfavorece la trama.

Yamabuki es un relato sobre el lado oscuro de la vida detrás de la parte dulce. Un relato melodramático y tierno que no dejará tranquila la conciencia ni el corazón de nadie, pero cuyo pausado ritmo termina jugando en su contra en algunas partes del film.

Miguel R. Pinar

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