Críticas de Max and the Freaks, por Pablo Sánchez Lucientes y Diego Romera Gil

El carácter siempre esquivo del yo

Max and the Freaks (Max et les Étranges, Nathan Clement, Suiza, 2021) es un relato onírico de veinte minutos sobre la identidad, el yo (o el ‘verdadero’ yo) y la relación que establecemos con nosotros mismos; nunca transparente, siempre sesgada o simplemente difusa, como las luces de las calles por las que transita su protagonista; como los cuerpos que la cámara se empeña en desbordar por sus contornos.

Nathan Clement compone una persecución surreal entre Max y estos extraños a los que intenta dar caza; los que le han robado una carta dirigida a él, entregada por el servicio postal de la casualidad, ese que localiza sus buzones en las papeleras y efectúa sus entregas haciendo chocar la bici del cartero con el destinatario.

Como Alicia tras el conejo, Max corre como alma que lleva al diablo tras ellos, y acaba cayendo preso de la inteligente ironía visual de no poder alcanzarlos aunque huyan a cámara lenta. Impotente por el oneroso fastidio onírico de mover las piernas para no avanzar, se cree humillado por esos dos personajes vestidos de blanco que, trompeta y sobre en mano, se le escapan entre risas. No se da cuenta de que es Clement el que está jugando a bajar la obturación, a hacer la de Wong Kar-wai y perderse entre los trenes pasando a toda velocidad y el tic-tac de un reloj.

Cuando la imagen se vuelve más reposada, más estática, el realizador explora las calles vacías de los barrios industriales, con sus gentes desorientadas o simplemente hastiadas, carentes de rumbo pero con una historia detrás siempre susceptible de ser contada. Es el desierto urbano donde viven los desheredados de las películas de Jim Jarmusch. Y aquí tenemos a dos ángeles que se han debido tropezar con una nube, tocando la trompeta sobre un montículo de tierra con la gratuidad oportuna con la que John Laurie se colaba con su saxofón en Permanent Vacation (Jim Jarmusch, EE UU, 1980). No muy lejos de allí, sentado en un banco, un hombre que porta una rosa de más de un metro confiesa su más profundo pesar a Max. Le tiende una mano a sus sentimientos, como el hombre japonés hacía con el protagonista de Paterson (Jim Jarmusch, EE UU, 2016). Clement demuestra su valía estética rodando esta conversación sobre el amor desde la nuca, sabiendo que quien controla el ritmo y la composición de la imagen puede cautivar al espectador con un rostro sin ojos.

Más allá de las referencias ilustres y de las audacias formales, hay que decir que Clement pierde a ratos su hilo narrativo entre los entresijos de la oficina de correos y algunos gnomos. Y está bien, porque se mueve a ritmo de música jazz, de la improvisación de unos instrumentos que le permiten hacer rotar su cámara al ritmo de un solo de batería. Y esta licencia se la puede tomar porque su mensaje está claro: “deja de esconderte”. Es lo que dice la carta que recibe Max al comienzo, justo después de desmaquillarse en un baño. La que lo lleva hacia este viaje al fondo de sí mismo en el que termina por ver claro lo que en un primer momento tan solo había vislumbrado: a ella, elegante, divina, fiel a sí misma.

Aquí reside la razón por la que en los créditos Max aparece interpretado por Matthiew Le-Brossard y Uma Hitte por sí misma. Clement la arrastra al mundo de los extraños porque sabe lo que cuesta mostrarse transparente en el mundo real. También porque en los sueños no hay barreras (y en el cine, si se tiene ingenio, tampoco cuesta mucho romperlas).

Pablo Sánchez Lucientes

Huir a los sueños

Es evidente que el director de Max and the Freaks (Francia, 2021), Nathan Clement, es fotógrafo antes que director. Nos presenta un cortometraje que supone toda una experiencia sensorial pero que se queda coja en el apartado narrativo y un tanto menos, aunque también, en el apartado simbólico.

El cortometraje está plagado de planos grabados con una muy baja velocidad de obturación. A esto hay sumarle que el corto transcurre íntegramente de noche y con iluminación artificial de luces con colores muy vivos y una amplia paleta tonal, además de que muchas escenas contienen bastante grano. Esta elección de puesta en escena no es baladí y consigue el efecto de transmitir al espectador que Max (Matthieu Le-Brossard) ha entrado en un mundo de fantasía al bajarse del tren.

Hasta este punto todo bien, no obstante, los personajes con los que Max se encuentra a lo largo de su travesía carecen de total sentido, el corto se torna onírico hasta la médula. No consigue transmitir nada más allá del placer sensorial que transmite el experimentar las imágenes en el apartado técnico.

Hay un momento del corto en el que Max se ve a sí mismo travestido al salir de un ascensor, además de otro plano en el que notamos que tiene las uñas pintadas. Por ahí es posible intuir la esencia del corto. Quizá Max se ha ido en tren huyendo de un entorno donde no se le acepta como es, quizá está perdido y no es capaz de encontrarse a sí mismo, su verdadera naturaleza personal. Pero no acaba de encajar con el resto de personajes y la historia. Es difícil encontrar la relación con la carta que recibe, por qué esta carta es robada…, elementos que no acaban de casar con lo que parece ser el tema del corto.

En definitiva, no se pierde el tiempo experimentando el corto, casi parece rodado por un Wong Kar-Wai en su primera etapa como director. También desarrolla un tema interesante con una premisa que puede funcionar, pero que se va diluyendo conforme avanza el corto y van apareciendo personajes. Al final, casi sería preferible llegar a la conclusión de que es un sueño del protagonista huyendo de la realidad.

Diego Romera Gil

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