Críticas de Beatrix, por María Paz Barragán Ugarteche y Javier Navío

La soledad opresiva

Las espaciosas casas veraniegas suelen estar vinculadas en la cotidianidad de nuestra vida real a sensaciones cálidas de paz, descanso y reconfortante refugio. Así mismo, encontramos una rica tradición cinematográfica de relatos fílmicos estivales apoyados en esta sensación de sosiego, deseo y disfrute de la naturaleza. Milena Czernovsky y Lilith Kraxner proponen en Beatrix algunos cambios relevantes dentro de esta tradición. La joven protagonista que da nombre al film habita la totalidad del metraje en un espacio que reúne las características habituales de estas casas veraniegas, pero su permanencia en la misma en soledad conjura unas sensaciones diferentes a esta alegría apacible que cabía esperar. Un viaje de varios días de naturaleza observacional capaz de sugerir varias capas de significado pese a su aparente sencillez.

Una idea transmite Beatrix desde sus primeros fotogramas: la sensación de eternidad de la espera y, ante todo, la losa del tedio. Al encontrarse Beatrix sola en aquella espaciosa y calurosa casa, la cual inspecciona con fruición en los primeros compases de su indeterminado purgatorio de espera a que llegue un acompañante futuro, empieza a sentir aquel hogar como una cárcel de barrotes invisibles. Y este aburrimiento inevitable del que no hay escapatoria le sirve a Beatrix como catalizador de sentimientos internos y vía para expresar ante la cámara su personalidad. Este vacío conlleva el siempre incómodo encuentro con uno mismo y, conforme pasan por la casa los primeros habitantes, una intensa experimentación con el propio cuerpo. Una experimentación en la que aflora sin contención su feminidad. Nadie ha enseñado a las mujeres qué hacer cuándo están solas, y Beatrix opta por entregarse a situaciones cotidianas de higiene o disfrute tan a menudo negadas en el imaginario del séptimo arte: depilación de axilas, masturbación, corte drástico de pelo, orinar en una bañera, juego con un tampón, etc., para, en definitiva, seguir aburriéndose.

Gran parte de la rutina de Beatrix se consagra a su vez a la contemplación y al no-movimiento. Y aquí entra en juego tanto la ingesta de latas como la utilización lúdica de objetos o el visionado de contenido aleatorio en una televisión cuadrada que se halla oculta en un armario. Y este inmovilismo conductual se refleja en una puesta en escena estática de planos frontales fijos. Las acciones, siempre sencillas, se construyen como tableaux vivants en los que es determinante el montaje interno. Planos cerrados donde nunca contemplamos el cuerpo completo de Beatrix, reforzando mediante el encuadre y la distancia de cámara la sensación de enclaustramiento. La incomodidad del silencio y lo apacible de lo cotidiano en sintonía, pero sin perder la seducción hormonal del estío, presente por la textura matérica del fotoquímico.

Beatrix ve desfilar ante sus ojos una reducida pero variada selección de personajes que, en última instancia, le ofrecen una compañía insuficiente. Mientras la opresiva estancia en aquella casa continúe, la compañía más intensa e incómoda que le depara es la de ella misma.

María Paz Barragán Ugarteche

La intimidad de lo cotidiano

Al inicio de Beatrix (Milena Czernovsky y Lilith Kraxner, Austria, 2021), una joven (Eva Summer) deambula por una gran casa. No parece que sea su hogar porque visita cada rincón como si lo estuviera descubriendo por primera vez. Más tarde sabremos que, en efecto, la casa no es suya. Sin embargo, esta enigmática ópera prima no desvelará mucha más información acerca de su protagonista. Durante la mayor parte del metraje, la veremos realizar todo tipo de actividades cotidianas: regar el jardín, limpiar el baño, cocinar o, simplemente, descansar sobre una pelota de pilates.

En todo momento tenemos la sensación de estar invadiendo la intimidad de Beatrix mientras buscamos pistas en los escasos diálogos de la película para intentar averiguar qué es lo que esconde esta misteriosa mujer. Nos encontramos en un mundo que puede parecer extraño pero que, en realidad, acaba siendo reconocible. El letargo en el que está inmerso Beatrix nos traslada de manera irremediable a esos periodos de confinamiento en los que nos vimos obligados a quedarnos en casa y a buscar nuevas formas de pasar el tiempo.

Rodada en 4:3 y 16 mm, la película tiene aspecto de vídeo doméstico antiguo y, si no fuera por la aparición de teléfonos móviles de última generación, sería imposible situar la historia en la actualidad. La cámara, siempre fija, se detiene en cada una de las partes del cuerpo de Beatrix. Los planos, milimétricamente diseñados, sitúan a la protagonista en su entorno de formas verdaderamente insólitas, exprimiendo a fondo el modesto decorado (no en vano, Milena Czernovsky está especializada en el ámbito de la escenografía).

La protagonista pasa la mayor parte del tiempo sola pero recibe visitas de manera puntual. Beatrix acoge con los brazos abiertos a una amiga con la que comparte momentos de felicidad genuina. Sin embargo, se muestra fría en su encuentro con un hombre con el que mantiene una problemática relación sentimental. Queda patente que Beatrix prefiere la compañía femenina y, en el tramo final de la película, se adivina que esa etapa complicada que está atravesando tiene que ver con la búsqueda de su identidad. Tras haber compartido tantos momentos íntimos con ella, solo nos queda desear que Beatrix encuentre lo que busca.

Javier Navío

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