Crítica Destello Bravío por Carmen Perona Cabera

Anda jaleo, jaleo.
El documental sobre la rutina de un poblado extremeño frente al drama de la ficción. La soledad más arrolladora frente al amparo de su gente. El calor del campo frente al frío de la madrugada. La lujuria de las mujeres frente a la castidad del rito religioso. La mirada impertérrita frente a la mirada más llena de emoción de los personajes, de unos ojos que brillan pero a la vez no dicen nada. Esta es la dualidad que ostenta Ainhoa Rodríguez en su opera prima, Destello bravío.

Una fuerte carga simbólica pesa sobre toda la obra, desde elementos religiosos a una luna abrasadora en la oscuridad de la noche. Federico García Lorca está presente en su simbolismo, desde el satélite de la Tierra a la musicalidad del Anda jaleo. Se percibe a Antonio Machado en el paso del tiempo, pues la vida pasa y todo sigue igual. Una agonía constante que sufren sus protagonistas, que solo pueden agarrarse a la más pura de las tradiciones de un lugar perdido: la religión y sus rituales. Este simbolismo está apoyado por una puesta en escena y una fotografía al servicio de la narración. Una imagen que presenta las dos caras de la moneda en un único plano, con una simetría envidiable a la altura de Kubrick. Los planos fijos muestran la historia de forma teatral, todo sucede ante una lente que está inmóvil.

Es un film sensorial, para cerrar los ojos y disfrutar del sonido que parte del silencio absoluto de la soledad, hasta el jaleo de la juerga, al berrido de una cabra en mitad de la noche o a los pasos vacíos en la penumbra. Es sensorial hasta el punto de sentir las caricias de las mujeres que se tocan porque saben que nadie más lo hará. Se siente el calor y la pasión de las señoras, en una de las escenas más memorables de la cinta que abre con el canto de “Anda jaleo, jaleo y ahora empieza el tiroteo/bailoteo”. De nuevo la dualidad de la máxima tragedia de un tiroteo al genuino disfrute del baile. Son mujeres atrapadas en una mesa, que recuerdan a los personajes de El ángel exterminador de Buñuel aferrados irracionalmente a un salón.

No esperen que algo suceda en la película y preocúpense de sentirla. De percibir el destello bravío como si de nuestra propia piel brotara el olor más puro a melancolía. La melancolía de un pueblo destinado a desaparecer y ser olvidado.

Carmen Perona Cabera