Crítica de Slow Machine por Juanma Gómez

SUSTRATOS DE REALIDAD

Slow Machine es una película de abundantes diálogos, cosa rara en una época en la que el poder de la imagen está desbancando a la palabra, y en la que ya resulta más expresivo comunicarnos con dibujos de caras que intentan representar una emoción antes que decirle a nuestro interlocutor: “estoy muy contento”. Una época que sintetizará los conceptos lingüísticos de significante y significado en elipsis cromáticas, en clips de vídeo. Pero el poder de la palabra se adueña del guion de Paul Felten, que además dirige el film junto a Joe Denardo, poniendo en imágenes un texto que escarba en el terreno de lo ficcional con una estética acusadamente realista.

El encontronazo de una actriz neoyorquina con un suceso inesperado le hará buscar un cambio de vida en una comunidad de músicos, imitadores de una bohemia trasnochada en la que las pulsiones y los deseos siguen los mismos cauces que en los meandros de una gran ciudad, aunque la escenografía física y humana cambie. Estos dos segmentos argumentales se alternan en la película dando lugar a la correspondiente alteración temporal, pero tienen en común su planteamiento narrativo y estético. Lo primordial es el diálogo y la interpretación de los actores, que conforman un elenco de una gran solvencia; y así, el encuadre de la película se supedita a lo que los intérpretes dicen y hacen en un trabajo de fotografía en dieciséis milímetros, de grano duro, que le da un aspecto informal y descuidado pero que, en el fondo, revela una apuesta formal muy bien planteada por sus directores. Porque, al igual que pasa con el guion, que a veces parece perderse en anécdotas meramente ilustrativas o en diálogos gratuitos, lo que Slow Machine muestra es la forma en la que realidad y ficción se van superponiendo en nuestra cotidianidad. Y los personajes afrontan sus dosis de credulidad ingenua o de recelo sobre las cosas más simples dando lugar al extrañamiento de las relaciones humanas que este siglo parece habernos regalado, y que esta película retrata en un crisol de géneros que se mueve entre el thriller, la comedia y el drama, pero que en ningún momento parece instalarse en alguno de ellos.

Los ecos del Sam Shepard de Fool for Love o de True West se escuchan en un guion que no le tiene ningún miedo a los parlamentos largos. Y la apuesta estética está en deuda con el mejor Cassavetes de Maridos (Husbands, 1970). De esta intersección surge una película que propone un cine en el que el texto y la interpretación se emparejan con una apuesta estética de claros referentes pero lanzados a una interesante relectura.

Juanma Gómez