Crítica de Slow Machine por Carolina Alonso Fernández

Slow Machine

“Life is an immobile, locked,
three-handed struggle between
your wants, the world’s for you, and (worse)
the unbeatable slow machine
that brings what you’ll get. Blocked,
they strain round a hollow stasis
of havings-to, fear, faces.
days shift down it constantly. Years.”

 Con este poema de Philip Larkin, recitado por la susurrante voz de Stephanie Hayes, abre su telón Slow Machine. Paul Felten y Joe DeNardo hacen de su primer largometraje codirigido –presentado en el Festival Internacional de Cine de Róterdam– un tour de force donde metaficción, experimentación y performance se entremezclan dando lugar a una suerte de collage surrealista que capta rigurosamente, tal y como lo designó Max Ernst, esa explotación sistemática de la coincidencia casual o artificialmente provocada de dos o más realidades contrapuestas entre sí.

En sus primeros minutos el film hace patentes los mecanismos que rigen su trasfondo indescifrable, envolviendo al espectador en un entorno conspiranoico y misterioso que se instaura dentro de un microcosmos particular donde todo lo que rodea a su protagonista, Stephanie, es tan propicio a ser verídico como, al mismo tiempo, discutible. Y esa turbación de la realidad se logra primordialmente a través de los diálogos. Son las largas conversaciones que se dan entre los personajes las que propician la creencia en mensajes ocultos, meticulosas historias sobre sucesos imposibles de probar que entroncan con una mayor susceptibilidad de la falacia, la sospecha y la paranoia. Pero no solo lo que se dice es lo que provoca la desconfianza. A lo largo del film, diversos planos encuadran los ojos tanto del personaje que habla como del que escucha, en un intento de evidenciar eso de que la mirada es el espejo del alma. La cámara apresa la imagen, tratando de revelar la realidad camuflada que esconden esos ojos, lo que enfatiza aún más la sensación de desconfianza. Algo a lo que se suma también la fotografía granulada de 16 mm que, por momentos, desenfoca a los personajes, haciendo de ellos una abstracción imprecisa, desdibujando su identidad.

Así, como apropiándose de las palabras de Larkin, las escenas se van sucediendo sin una linealidad aparente entre momentos extraviados en el tiempo. Pasado, presente y futuro se desdoblan en una trama no progresiva que, pese a otorgar momentos de confusión absoluta –algo que el propio montaje favorece–, en su desorden resultante hace partícipe al espectador de su juego sobre la veracidad del relato a la par que da cuenta de la condición cada vez más inestable de la comunicación en la era de la posverdad. Oscilando entre el suspense de John le Carré, la confabulación existencialista de Jaques Rivette y el teatro ontológico-histérico de Richard Foreman, Slow Machine es una estimulante propuesta que, mediante sus disimuladas incógnitas, apremia al espectador a examinar las cuestiones que plantea conforme a sus propias impresiones.

Carolina Alonso Fernández