Crítica de Rendir los machos, por Alicia Rambla

PAISAJE PRETÉRITO, TRADICIÓN TARDÍA

Rendir los machos (David Pantaleón, España, 2021) habla de una tradición que se remonta a muchos años atrás. Unos hermanos malavenidos se encuentran en una situación que los fuerza a tener que interactuar y los precipita a un silencio fúnebre tan antiguo como la muerte. Alejandro y Julio tienen que llevar a pie unos cuantos machos cabríos, desde la granja donde fabrican quesos, y entregarlos en otro sitio al que estaban destinados antes de que su padre muriera y lo pusiera en el testamento. La condición es que todos los animales lleguen vivos.

Las tradiciones brotan de las casualidades, lo mismo pasa con las relaciones humanas. Rendir los machos hace uso de una herramienta de guion tan clásica como la del viaje del héroe. David Pantaleón dibuja el camino no como una línea recta sino como unas sinuosas curvas que traspasan desde las planas rectas del horizonte a los desérticos montes que conforman el paisaje de Fuerteventura, denotando de alguna manera algo que es tan pretérito como ese paisaje, en un presente cada vez más tecnificado, traspasado a veces por coches que sustentan esa idea, preguntándose hasta qué punto tienen sentido ciertas tradiciones y costumbres.

El paisaje árido en el que está ambientado el film sirve para expresar el interior de los personajes. Está ligado a la identidad de los paisajes del western, con esos personajes secos y toscos. Recuerda a París-Texas (Wim Wenders, Francia, 1989), película en la que Harry Dean Stanton está perdido en un desierto interior (y exterior) sin salida, compartiendo con el film de Pantaleón el subgénero de la road movie, a su manera. La música compuesta por Pedro Perles recuerda asimismo a las guitarras de Ry Cooder.

La película explora la masculinidad desde el silencio de alguien que no quiere expresar ni estar expuesto a un quehacer tan fatigoso, pero que está forzado por la naturaleza de la costumbre. Y es en esas líneas del horizonte donde el director plasma la soledad de quien está en compañía de lo indeseado. Los personajes se posicionan en los planos siempre separados, como si su padre se hubiera convertido en esas cabras y, aún muerto, siguiera sin saber cómo enseñar a querer. En las situaciones en las que comparten plano (por ejemplo, cuando comparten un colchón para dormir) los hermanos están dispuestos en posturas que nunca convergen, como es de espaldas o uno sentado y el otro echado.

Desde la contemplación y los planos fijos, el film invita a mirar al interior de esos rostros callados, mientras cada uno mira en sentido contrario. Pero es el camino el que los une, y, en cierta manera, el alcohol, la marihuana y los negocios –como en las secuencias de la comunión de una familiar–. La tentación de no seguir con la tradición los hace comprenderse mutuamente, pero solo cuando lo consiguen y llegan al final de la senda, la catarsis se cumple y todo el camino andado cobra sentido.

El sonido del viento de las mesetas junto con los diversos planos cenitales que dibujan sus formas en sombras sobre el árido terreno, conducen la narrativa en la que la distancia con el espectador es incluso mayor que la que hay entre los consanguíneos. Retratando así una soledad acompañada que solo se salva desde la perspectiva, cogiendo otro ángulo desde el que vislumbrar los hechos y dando una óptica diferenciadora para atacar los conflictos que si, en esta película no se resuelven con diálogo, por lo menos se tratan haciendo converger sus miradas, o en su defecto, en un plano a la altura de la vista y ambos frontales a la cámara.

Alicia Rambla

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