Crítica de Palma por Javier Hurtado Torres

Despertarse de la violencia 

De la misma forma que Fernanda Melchor se sirve de lo oral para reconstruir las violencias cotidianas en su novela Temporada de Huracanes (2017), Alexe Poukine se aprovechaba del valor de la palabra –del testimonio compartido– para relatar la experiencia de Ada en su documental Lo que no te mata (2019). A partir de las voces de mujeres –y algunos hombres–, donde el texto referente al caso de la protagonista se intercala con las vivencias de cada una de ellas, se logra un palimpsesto experiencial que da cuenta de las diversas dinámicas similares que se ponen en marcha en los casos de abusos producidos en los supuestos espacios de confianza. Con ese mestizaje de texto aprendido –sobre el que se duda y a veces de difiere– y diario personal, Poukine se acerca a un tema que, cada vez más, está ocupando el centro de los relatos gracias a la incorporación de las voces que siempre han sido silenciadas. Un acercamiento que asume la importancia de la puesta en común de lo privado, que, por si aún queda alguna duda, siempre termina siendo político. Y esta senda ya iniciada no hace más que perfeccionarse en su debut en la ficción: Palma (2021), aunque en este caso las violencias se sugieran más que se explicitan.

Si en su anterior película la cineasta belga se decantaba por lo oral, en el mediometraje Palma prefiere aprovecharse de lo estrictamente visual. El coro de mujeres –del que resultaban estimulantes sus (des)afinaciones– desaparece para centrar la mirada en una sola mujer. Una sola mujer, Jeanne, que en realidad sigue siendo muchas. Una de esas mujeres que es perseguida por la invisible –invisibilizada– y asumida mística de la maternidad, sintetizada en la imagen de la madre que carga a su hija y encuentra la roca como punto de equilibrio. La propia directora interpreta a Jeanne, y decide encerrarse en el formato 1:1,33 consiguiendo reflejar con la elección del encuadre la sensación de reclusión y enjaulamiento en el que se encuentra. También los primeros planos parecen robarle el aire y el espacio a la protagonista, como si la cámara fuera por momentos la niña que apaga y enciende la luz cuando la madre se desestabiliza y se encierra en el baño. Porque no puede más. Y es ahí cuando decide abandonar, al menos durante una noche, la carga de la responsabilidad. Cuando decide pernoctar sin rumbo por una Palma desoladora y nada empática, muy parecida a la Valencia de Ama (Júlia de Paz Solvas, 2021), donde Pepa huye en busca de una respuesta que cree va a encontrar en el mar. Y es precisamente en el mar donde Jeanne busca el consuelo, dando como resultado una imagen casi onírica en la que el azul del cielo y el mar parecen ser uno solo.

Entre la verosimilitud del documental y el poder sugestivo de la ficción –potenciado por la falta de información sobre los personajes–, la propuesta formal de Alexe Poukine pone en escena aquella frase que podía escucharse en Lo que no te mata: “En mi interior gritaba, pero tenía la boca cerrada a cal y canto”. Es decir, dar sonido a los gritos sordos. Una preocupación discursiva centrada en trabajar no solo la violencia física, sino la que emiten las miradas desconfiadas e ignorantes ante el grito de auxilio. La de los gestos callados e invisibles por asumidos. La cura para las gentes de esa Palma recreada. Porque Alexe Poukine, como Fernanda Melchor, se da cuenta de que la temporada de huracanes no ha terminado. Y mucho menos la de la mujeres que parecen siempre ocupar el epicentro.

Javier Hurtado Torres