Crítica de Murmures du Loup, por María Fernanda González

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Murmures du Loup (Francia, 2020) comienza con la imperante necesidad humana de comprender aquello que se escapa de la percepción sensorial. Chloé Belloc trata de plasmar el mundo interno de Baptiste, su hermano autista Asperger, a través de conversaciones que develan un intento de redención motivado por el egoísmo. Como el fallo es inminente, la cineasta opta por ceder la batuta al joven y observar, desde el respeto y el silencio, su relación con el exterior.

Las imágenes del mediometraje se dividen en tres bloques principales. Primeros planos del reflejo de Baptiste en ventanas o pozos de agua coinciden con monólogos sobre la dificultad, si acaso incapacidad, de relacionarse con individuos neurotípicos debido a los prejuicios circulantes; grandes primeros planos de texturas y formas –cortezas, pelaje, ojos– captadas con un fish eye que simula la lupa que el protagonista carga consigo en su incesante interés por observar cada cosa con detenimiento; y planos generales a campo abierto o dentro de una cueva, contraste que refiere a la inmensidad de una psique de difícil acceso.

Salvo al comienzo –como parte natural de cualquier proceso– Belloc no incurre en formas melancólicas características del retrato de un trastorno; sin embargo, nunca deja de lado la experiencia propia. En los pocos cuadros que abarca se inmortaliza la impotencia suscitada por la imposibilidad de entender a quien más ama, y la incapacidad de amarle porque, de alguna u otra manera, le juzga. En su hermana, Baptiste percibe a un ser cariñoso, pero que juega un rol paternalista e invasivo, como un lobo alfa que, empleando toda su fuerza, abarca espacios ajenos. Él, por el contrario, es un lobo omega que no sufre por su rango.

El segundo documental de la francesa invita a la aceptación mucho más que a la reflexión moral. Es un camino abierto a observar el mundo como lo que es: un cosmos de infinitas circunstancias, sucesos y posibilidades.

María Fernanda González

 

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