Crítica de Detours, por Yoel González Uribe

DETOURS

Como un lienzo cuyos márgenes no pueden extenderse, los encuadres en Detours convierten a cada uno de los planos en parte de una colección de postales urbanas. Dentro de ellas, los espacios permanecen congelados en planos generales mediante la rigidez de una cámara fija y contemplativa que parece emular la misma intransigencia gubernamental que se respira en el ambiente.

Frente a esa hostilidad silenciosa de rincones desiertos, edificios abandonados y calles vacías, las personas habitan esos espacios y añaden movimiento con su deambular. Aun así, todas ellas se mantienen en la distancia, enmarcando su alienación respecto de aquellos lugares transitados que, si bien conocidos, se sienten ajenos. Ese alejamiento acentúa la inexpresividad de cada uno de los individuos cuya ausencia de diálogos no impide que logren dotar de una dimensión política a las imágenes. Estas encuentran un carácter reivindicativo en la gestualidad de dos cuerpos masculinos separándose para no ser vistos besándose, una violencia e intimidación en el re

En dicho contexto, el personaje que interpreta Denis Urvantsev se presenta como, más allá de un traficante, un guía. Su búsqueda de espacios para ocultar la droga no es más que una anécdota para ir conectando las escenas urbanas en un todo mayor. Y su punto de vista permite jugar con uno de los aspectos más interesantes que plantea Ekaterina Selenkina: la unión entre lo material y lo virtual. La mirada de Denis transforma las imágenes grabadas en documentos digitales que se pueden dibujar y moldear a su propio gusto. Él incorpora el concepto de usuario a la identidad visual del film: la vista de las calles a través de Google Maps anticipa el paso a la realidad y captura los lugares seleccionados para guardar la droga; las fotografías del móvil se garabatean para recordar la localización de los escondites; los chats online son el único contacto con los superiores, y los vídeos en vertical señalan una identificación con las generaciones más jóvenes. Todo lo virtual se materializa para formar parte de la realidad cinematográfica.

Detours, por tanto, se erige como una especie de híbrido que se desvía de una narrativa convencional para adentrarse en los recovecos de la urbe y ofrecer un cuadro comunitario. Este, visualmente poético y esencialmente político, nos habla de un presente rígido que acaba despoblado mientras la fría arquitectura que se eleva en el horizonte sobre la naturaleza queda empapada por una lluvia que convida a un cierto desamparo.

squicio de una puerta abierta mientras se lleva a cabo un registro policial, y un espíritu crítico en la inmovilidad de una mujer sosteniendo un cartel de “no a la guerra”.

Yoel González Uribe

 

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