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Belle dormant, o esta noche se baila

Desde la primera edición de FILMADRID Festival Internacional de Cine, Adolpho Arrieta ha sido parte de nuestra familia. El 2015 proyectamos una función sorpresa de su trabajo, toda una fascinante aventura, y ahora hace su gran regreso a la ficción cinematográfica, bajo el nombre de Ado Arrietta. A raíz del próximo estreno de Bella Durmiente, su nueva y hermosa película que pudimos pre-estrenar en "Pasajes Filmadrid" la semana pasada en el Círculo de Bellas Artes en una velada hermosa, rescatamos un lúcido texto de Santiago Rubín de Celis: "BELLE DORMANT o esta noche se baila".

Por Santiago Rubín de Celis

Egon ─bajo los finos rasgos de Nils Schneider─, el príncipe valiente, toca la batería para escapar del esplín, esa forma tenaz de la fatiga que llamamos hastío. Un agotamiento producido por la vida misma, por su erosión silenciosa; un matiz oscuro y abismal de la melancolía. En Letonia, reino de cuento de hadas en el que nunca pasa nada, incluso ser príncipe heredero es aburrido. Ni la música ni las noches sin fin bailando en las boîtes le hacen a uno distraerse. Ni siquiera si se liga. Y es que, la diversión ─esto ha pensado siempre Adolpho Arrietta─ es uno de los derechos fundamentales del hombre. No es raro, pues, que en un lugar así su padre, un rectísimo rey (Serge Bozon), parezca, en su anodina e indiferente apariencia, más el elegante monarca de los hombres de negocios que uno de esos fastuosos reyes de la antigüedad. Más que un Tamerlán, la gris sombra de un director ejecutivo. Tan poquito tiempo le queda para otra cosa que no sea el trabajo. La vida discurre su cauce sin otro desafío que la seguridad de un mañana en todo idéntico al hoy. ¿Será verdaderamente posible que la rutina alcance incluso a los cuentos maravillosos?

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No son los cambios nominativos, ni los paréntesis de letargo, sino las propias películas de Adolpho ─Ado, ahora─ Arrietta las que jamás dejan de sorprender. Justo con aquella ambiciosa divisa de los espectáculos circenses ─y el cine surgió como una sofisticada atracción de feria─: «¡El no va más!». La novedad como eterna propuesta, como emblema personal. La diversión, el placer y el juego. Así, el amateur-en-scéne (y amateur viene de amante), bohemio y anárquico, el punkie de Severo Sarduy, nos sorprende, en la era de los efectos y la postproducción digitales, con una frugal y capciosa lección que bien podría hacer ruborizar a unos cuantos directores de esos que quisieran estar siempre a la última. La juventud no la tiene quien quiere, claro, y hay muy pocos directores (de cierta edad) cuyas películas sigan siendo siempre jóvenes. Esta Belle dormant es una de ellas. Arrietta ha amalgamado muchas de sus numerosas virtudes y las ha servido a disposición de algo ─como él bien sabe─ muy serio, un cuento de hadas.

Estimulado por el relato del ministro Gérard (Mathieu Amalric) sobre un feudo próximo cuya heredera duerme la maldición de un hada malvada, Egon se lanza en pos de la aventura, en su sentido más profundo: saltándose los círculos de la vida, dejando que la existencia discurra “al margen de la continuidad que es, por lo demás, propia de esta vida”. Él será el héroe tan grato a los cuentos populares encargado de encarnar la hazaña reparadora de la fechoría del agresor (agresora en este caso, en la figura de esa hada despechada y vengativa a la que da vida con su habitual energía la musa de Rainer Werner Fassbinder, Ingrid Caven). No es extraño que, al llegar al castillo en el que la Bella duerme plácidamente su siglo de condena, quede cautivado por su belleza. Con el entusiasmo de Lotte Eisner ─ella por la titilante Louise Brooks de los filmes de Pabst─, citaré aquello de que, con su sola presencia, la incomparable Agathe Bonitzer “asegura la esencia de la obra de arte”. Una actriz que pide a gritos su propia La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d’Arc, 1928), su Ménilmontant (1926) particular, una Vivir su vida (Vivre sa vie: film en douze tableaux, 1962) para ella sola, su personal Les hautes solitudes (1974), o lo que es lo mismo, un film dedicado por completo a la belleza de su rostro.

En fin, hasta aquí esta Belle dormant ha transcurrido de la mano de Perrault, pero, cuando Gwendoline despierta, la cosa cambia. No estamos ya en el 1900 de La interpretación de los sueños, de la rebelión boxer o de la primera Copa Davis, sino pongamos que ayer mismo. Después del ineludible flechazo, que tiene siempre algo de amour fou, lo único que le falta ya a la pareja ─y no es poca cosa, desde luego─ es devorar los años que les separan, dejándolos atrás como se abandonan los malos recuerdos o los amores perdidos. No se debe dejar pasar el tiempo, sino que hay que invitarlo siempre a que venga a nosotros. Hay algo conmovedor y arriettísimo en la forma en la que se lleva a cabo el cumplimiento (por utilizar los términos de Propp) de tan difícil tarea. Nada de largos preliminares de cortejo ─“En fin, hacía cuatro horas que hablaban y no habían conversado ni la mitad de las cosas que tenían que decirse”, escribe en el original Perrault─; el camino al corazón de una mujer pasa por sus pies. Si antes ni siquiera bailar consolaba a Egon, ahora es un twist ─paradógicamente un baile en el que las parejas no se tocan─ el que le une (para siempre, es de esperar) a una Bella que, pese a no haber escuchado uno antes, se abandona irremediablemente a su ritmo magnético y juguetón. “Le bon moment pour l’aborder/ et sentir son sang se glacer”. Si hay atajos hacia la felicidad, éste es uno de ellos. Ni a madame Leprince de Beaumont se le habría ocurrido un final tan armonioso y bello. El amor como forma de escapar de la apatía. O, por ponerlo de otra forma, la felicidad momentánea de los espectadores a través de la felicidad eterna de los personajes.

Captura de pantalla 2017-03-28 a la(s) 13.12.16
La Belle dormant es un cuento de hadas cinematográfico; una comedia romántica, ese regalo que Viena le hizo al cine; un musical posmoderno. Es una y muchas películas. Y funciona estupendamente en todos sus registros. Con la apacible inocencia de un Demy, el humor chispeante y agudo de la screwball comedy, la elegancia soberana del rey Minnelli. En su brevedad y con su tremenda consistencia, como los buenos cuentos maravillosos, con una risa contagiosa y una falta de pretenciosidad desarmante conquista incondicionalmente al espectador. Virtudes que la hacen tan disfrutable para Arrietta, que se lo ha pasado evidentemente en grande jugando nuevamente con el cine ─fue Cocteau quien dijo que éste era un juguete maravilloso, una llave que permite abrir puertas prohibidas─, como para nosotros, que asistimos embelesados a este retelling de un cuento que nos sabemos de memoria. Una película nueva de Arrietta es siempre algo digno de celebrarse. Más, cuando se trata de un proyecto tan largamente soñado. Aún más al tratarse de un film que auspicia algunos de los mejores momentos de toda su obra. ¡Salve Ado(lpho) Arrietta!

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